¿El trabajo te mata? Sí


¿Crees que es el jefe? ¿O es el laaaaargo trayecto diario que se repite un día y otro y otro...?
¿Es la rutina? ¿O es no poder moverte de tu sitio cuando lo deseas? ¿Es madrugar? ¿Es el café?
¿Acaso no poder estar con tus familia cuando lo deseas? ¿O estar con ellos por la tarde necesariamente?

Pues no lo pienses mucho más, la respuesta es TODO.

Sí, porque por muy bien que te lleves con tu jefe, con tus compañeros, con tu familia, y por corto que sea el trayecto diario, incluso cuando trabajas desde casa, lo que te mata es todo ello.

¿Y por qué? ¿Es que acaso el trabajo es malo?

No, de manera general no es malo. Pero tiene un aspecto negativo, inevitable y mortal en la mayor parte de los casos. Y es el que a ti y a muchos nos araña el cuerpo todos los días, día a día, como el agua que erosiona la roca más dura sólo acariciándola día a día, tarde a tarde, incluso noche a noche...

Este aspecto negativo, no es ni más ni menos que el EQUILIBRIO (y su ausencia).

Una forma más de buscar el equilibrio.


¿¿¿El equilibrio??? ¿Íbamos a hablar de esto? Qué chorrada. Me voy a otro blog.

No te vayas, hombre. Podría llegar a parecer tonto, pero no lo es.

El ser humano pone mucha energía en mantener su equilibrio todos los días.
Y aunque no me refiero al físico, del que hablo y éste tienen muchas cosas en común, sin ninguna duda.

El equilibrio interno (que no el mental, sino algo más amplio, el interno) es el arte de mantener en reposo fuerzas activas que empujan en infinitos sentidos.
Lo buscan desde los primeros capítulos de la biblia monjes, ascetas, yoguis, profetas, y cualquiera que en la historia llegó a comprender su importancia. Y es que este concepto, que se pone en riesgo todos los días, es lo más parecido a la felicidad.

¿Equilibrio = felicidad? Para muchos sí.

¿Por qué? Tanto cuerpo como cerebro tienen múltiples procesos en marcha. Son tantos y tan intrincados, que no existe su relación perfecta, es una aspiración, no una meta alcanzable. Es como el concepto "infinito": no es número sino un límite. No se alcanza nunca, pero 1.000.000 está mucho más cerca que 10.
Pues así es el equilibrio.

¿Cuáles son esos procesos de los que hablas? Como dice Leo Harlem, no te lo digo, lo hago (leer en menos de 5 segundos, velocidad normal de un ser humano de ciudad):

Me he hecho daño en el dedo del medio de la mano derecha, escuece...
No sé cuándo voy a ir a hacerme la foto para el carnet. Sin carnet no podré ir al viaje con mi familia, te lo piden en el aeropuerto. No me apetece ir con mi prima, qué plasta y qué repetitiva, siempre con sus historias.
El otro día me contó lo enfadada que estaba con su marido, porque es un vago. 
Mira que es majo el pobre.
Tengo algo de hambre. No debería comer entre horas. Comer entre horas está recomendado por los expertos, al menos 5 veces al día. Qué rico está ese bollo. ¿Por qué se me antojan tanto los bollos? Me voy a morir de un paro cardiaco por la grasa que acumulo en las venas.
¿Y eso que trae el niño qué es?
¡Tengo que salir ya, si no no llego!
¿Como algo antes? Ehhh...
Me escuece el dedo más que ayer. Se me va a infectar.
Si me muero ahora el chaval se queda sin padre. Qué triste. Tengo que disfrutar la vida.

Eres un rollero, pero... ¿qué tiene que ver el trabajo con esto?

Cierto, me he ido un poco del hilo, pero todo por la causa. Regreso. El trabajo, una de las mayores y más demandantes rutinas que tendremos en nuestra vida, nos obliga día a día, a pensar y movernos en un sentido que no necesariamente es el que queremos ni el que nos viene bien. El que trabaja frente a un ordenador, pasa muchas horas parado, sin levantarse ni permitir una circulación de su sangre sana. El que va con prisa, come a deshoras, bebe poco o mal, se estresa, se exige, se cansa, y normalmente no se escucha a sí mismo. El que trabaja en la construcción, toma posturas, se obliga, come y bebe lo que no le viene bien, asume riesgos. El profesor, el que trabaja en la tienda, el del almacén, el motorista... todos asumen rutinas diarias, y las rutinas no escuchan al cuerpo y ni mucho menos a la mente. Son las rutinas del puesto de trabajo.

A veces el equilibrio es imposible


Y es que la rutina acogota la mente y el cansancio impide pensamientos creativos, que nos harían crecer y explorar. Nos aplanan, nos ayudan a ser más eficaces y productivos, y menos espontáneos.

El trabajo nos obliga más allá de nosotros. ¿Cuántas veces hemos visto personas muy inteligentes, que parecen esclavas de sus obligaciones laborales? El trabajo nos aliena, decía el amigo Karl Marx. Y es indudable, que en cierto modo sí lo hace.

Sin duda también hay funciones positivas del trabajo: la función social, la función de estructuración de tiempos, la satisfacción de impulsos intelectuales, la exposición a situaciones de crecimiento personal, el dar sentido a la necesidad de ser útil de todo ser humano...

No siempre escuchamos al cuerpo.
Y a veces es peligroso escucharle, sobre todo en el trabajo.

Por eso el trabajo no es, de forma general, algo malo. Pero sed muy conscientes de lo que os ocurre cada vez que os levantéis, y no hagáis oídos sordos a vuestro cuerpo y a vuestra mente, que son el resultado de una naturaleza sabia trabajando durante millones de años.

Si estáis interesados en profundizar en este tipo de pensamiento, aquí propongo algunos libros muy útiles para haceros reflexionar: